Qué se come en un crucero

Así fue nuestro periplo gastronómico a bordo del Costa Toscana: 24 horas dieron para mucho en este gran hotel flotante.
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¿Alguna vez te has preguntado qué se come en un crucero? Lo nuestro con el Costa Toscana fue efímero pero intenso: solo 24 horas, porque zarpamos un sábado desde Marsella y desembarcamos el domingo en Barcelona. Pero nos dio tiempo a probar varios de los espacios gastronómicos de la embarcación: pizzas de estilo napolitano, sushi, los tres menús degustación de alta cocina elaborados por varios reputados cocineros internacionales… y cremosos helados, pero también el típico buffet de hotel, aunque este sea itinerante.
Aquí es fácil perderse, pero el plano que encontrarás en los coloristas descansillos de los ascensores te lo simplificará mucho. Primero, oriéntate: ¿estás en la proa, en el centro o en la popa? Hemos quedado en la Pizzeria Pummi d’Oro (en la octava planta, que aquí llaman puente 8) en media hora, pero antes queremos zascandilear un poco por el barco.
Hay una norma no escrita que dice que, cuando te subes a un buque de estas características, lo primero que tienes que hacer, tras tomar posesión de tu camarote, es subir a la última planta. El Costa Toscana tiene 18. Sí, has leído bien. Es como un edificio de líneas minimalistas en el que caben 6.630 pasajeros en 2.663 habitaciones, entre ellas 28 suites, 106 habitaciones con terraza, 1.534 habitaciones con balcón, 168 habitaciones exteriores y 827 interiores. Hoy somos 5.656 personas a bordo. También hay 1.640 tripulantes (¡de 72 nacionalidades diferentes!), que tienen sus propios restaurantes, gimnasio, lavandería o zonas de ocio, nos cuenta Miguel Muñir, el director de Costa Toscana, que se autodenomina el alcalde de este pueblo flotante.
PIZZAS DE MASA MADRE
La cubierta superior, léase la azotea, está tranquila a estas horas, poco después del mediodía. En el solárium, unos cuantos atrevidos (estamos en noviembre, aunque de un otoño atípico) toman el sol. Otros disfrutan de una cerveza en el Orizzonte Bar. En esta planta, también encontramos el Versilia Bar y el Green Healthy Food at Costa. Tenemos el radar gastronómico activado. Pero a nosotros nos están esperando las pizzas de masa madre de Pummi d’Oro.
Una vez allí, y para abrir boca, nos sirven una degustación de quesos frescos italianos, que preparan en un obrador propio, a bordo del buque insignia de Costa Cruceros. Este es otro de los detalles que más nos llama la atención: allí, con una máquina de moldear quesos de pasta hilada, nos enseñan cómo Wilson elabora a mano y diariamente la mozzarella de búfala, la treccia, la burrata o stracciatella.
“Introducimos la cuajada a temperatura ambiente en las máquinas para luego proceder al hilado, la parte más importante del proceso ya que es cuando el producto obtendrá la consistencia deseada. Una vez hilada, la cuajada se corta en trozos pequeños y luego se funde al mezclarse con agua hirviendo. Después se procesa hasta que se drena el exceso de suero y se obtiene una mezcla homogénea y brillante que, cuando ha alcanzado la temperatura y el hilado adecuado, se moldea. Una vez dividido en pequeñas cantidades, el producto se deja en tanques de agua fría, ácido láctico y sal, con el fin de que mantenga su forma. El líquido resultante de esta última fase del proceso es en el que se conserva la mozzarella ya elaborada”, nos explican.
De vuelta a la pizzería, vemos cómo varios pizzaiolos filipinos trabajan las masas, y cómo las pizzas entran y salen del horno napolitano Izzo en un par de minutos. Está a 400 grados de temperatura. Nuestras pizzas ya están en la mesa: hemos pedido una Margherita, una pizza con pesto, piñones y pistachos, y una pinsa romana con burrata, mortadela y pistacho. Los ingredientes, según reza el mantel de papel que está encima de las mesas, los seleccionan en colaboración con la Universidad de Ciencias Gastronómicas de Pollenzo. El aceite es virgen extra italiano, y el tomate, D.O.P. San Marzano. Y las masas, esponjosas pero ligeras y crujientes a la vez, nos fascinan.
De camino a nuestro próximo destino gastronómico, husmeamos el Food Lab, donde varios pasteleros europeos preparan diferentes elaboraciones. Resulta que nuestra visita ha coincidido con The Choco Cruise, un crucero temático dedicado al chocolate. Esto es un evento puntual, pero en este espacio suelen organizar cursos y talleres para los pasajeros, previa reserva.
Durante nuestra travesía, nos cuentan que los espacios del Costa Toscana han sido diseñados por el estudio milanés Dordoni Architetti. Descansillos geométricos, bares luminosos de líneas rectas y minimalistas, pero también otros más acogedores.
SUSHI Y HELADOS
Pasamos por la Gelateria Amarillo, que está en la planta octava, justo enfrente del restaurante Archipiélago, donde cenaremos esta noche. Llegamos a nuestra próxima estación: Sushino at Costa, un rincón dedicado al sushi, donde nos enseñan en qué lado del papel de alga debe colocarse el arroz o cómo elaboran el sashimi, el nigiri o los makis que luego comeremos. Este pequeño espacio gastronómico en clave japonesa está concebido como el primer restaurante de sushi en el mar, en el que los cruceristas pueden disfrutar de un aperitivo ligero, de un formato all you can eat, a la carta y también de una versión para llevar.
Tras tomar un café en el Leonardo Grand Bar, es hora de ver el atardecer. Son las cinco de la tarde, pero aún no hemos zarpado. Seguimos en el puerto de Marsella. Desde allí, contemplamos cómo el cielo se va coloreando de tonos carmesí, que pronto se convierten en grisáceos. El espectáculo, a esta hora, está en la cubierta.

Aún es pronto para cenar, así que exprimimos el tiempo libre escuchando la ponencia del pastelero suizo Joël Perriard, que está en el teatro-auditorio, llamado Poltrona Frau Arena. A veces se nos olvida que estamos en un barco. Apenas nos damos cuenta de que ya estamos en movimiento. Ya es de noche, pero medio centenar de personas disfrutan de la piscina, ajenos a todo lo demás. Allí encontramos otro de los espacios solo aptos para golosos: el Nutella Bar, donde sirven crepes o tartas.
La hora de la cena se acerca, pero antes hemos quedado con Marco Refrigeri, director del departamento gastronómico del Costa Toscana en el Ferrari Spazio Bollicine Bar para tomar una copa del espumoso italiano, acompañada por un trampantojo muy goloso: un falso puro, elaborado con patata y queso, que sirven sobre unas ‘cenizas’ de cebolla. Además de este elegante bar, hay otros muchos a bordo del Costa Toscana, como el Caffè Vergnano 1882, el Campari Bar (en el puente 7), dos Aperol Spritz Bar (uno en la planta 16 y otro en la 17) o el Heineken Star Club & Bistro, en la séptima planta.
Nos cuenta varias curiosidades, como que el jefe de cocina del grupo, Antonio Brizzi, igual que todos los miembros de la tripulación, trabaja durante cuatro meses seguidos, sin días de descanso, pero luego tienen dos meses de vacaciones. Otro de los datos que más nos llama la atención es que durante la temporada alta, son 860 personas las que trabajan en el área gastronómica del Costa Toscana. O que una condición que ponen a sus proveedores es que los productos estén disponibles en todos los puertos en los que operan.
La cena es en el restaurante Archipiélago, que es un comedor luminoso y decorado en tonos muy neutros y con troncos rescatados del mar en Framura (La Spezia), Tarquinia (Viterbo) y Torre Mozza (Lecce) gracias a la Fundación Costa Cruceros, que funcionan como esculturas en un espacio exquisitamente iluminado. De nuevo, se nos olvida que estamos flotando sobre el mar. Para este restaurante, el más gastronómico del buque, son tres los cocineros internacionales que han creado sendos menús degustación: Hélène Darroze, Bruno Barbieri y Ángel León, que reinterpretan los ingredientes, tradiciones y recetas de los destinos del crucero: Francia, Italia y España, respectivamente.
La chef francesa propone en su menú nocturno (también ofrecen otro más breve a mediodía) platos como un tartar de atún rojo con jengibre; cochinillo con cidra ahumada; pez limón a la brasa o helado de pan duro. El cocinero italiano, por su parte, gnocchi con ossobuco y ‘nduja (un embutido calabrés); pintada crujiente con migas de pan y cacao y, como postre, cassata en una burbuja. Y el chef español, Ángel León, ha creado para Archipiélago un menú muy salino, en su estilo: una especie de brioche de plancton muy goloso acompañado por un paté marino; un aguachile de maíz con calamar y rábano picante; una emulsión de jalapeño con pepino y vieiras; un risotto al plancton y un postre de boniato, coco, naranja sanguina y tomillo cítrico. Cada menú ronda los 60€, al que se le puede añadir un maridaje de vinos internacionales.
Antes de que cierre la Gelateria Amarillo, nos acercamos a por una tarrina de dos bolas de cremosísimo helado de pistacho y avellana: no porque nos hayamos quedado con hambre tras la cena, sino porque cierra a medianoche y es nuestra última oportunidad. Y lo corroboramos: es otro de los imprescindibles gastronómicos del Costa Toscana.
Algunos continúan la fiesta en la discoteca que montan en el Poltrona Frau Arena, pero otros salimos a cubierta a ver las estrellas… y a dormir, mecidos por el imperceptible movimiento del buque que recorre el Mediterráneo. Un ligero tintineo de las perchas del armario chocando entre sí amenaza con no dejarnos conciliar el sueño, pero dura solo unos segundos.
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OTRAS OPCIONES
A la mañana siguiente, el despertador suena al amanecer, pero cuando nos asomamos al balcón de la habitación comprobamos que ya estamos en el puerto de Barcelona. El desayuno buffet, en L’Oliveto Restaurant, tan animado y concurrido como un hotel de cuatro estrellas en agosto, es variado, sin excesos ni pretensiones.
También nos cuentan que tienen un restaurante específico para los intolerantes o alérgicos a alguna materia prima: se llama Le Anfore y cuenta con un menú diario adaptado a cualquier restricción alimentaria, por lo que la gastronomía inclusiva también tiene su espacio en el Costa Toscana.



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